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Wednesday, February 19, 2014

Mi Venezuela, país de amor y dolor


Llevo desde el 12 de Febrero tratando de escribir este post. Cada vez que lo intento me cuesta empezar porque tengo un sin fin de sentimientos encontrados: dolor, rabia, amor, melancolía, culpa y de nuevo rabia. Ninguno me permite aclarar mis pensamientos hasta que vi los sucesos de ayer 18 de Febrero. Ver a Leopoldo López entregarse y la reacción del pueblo me aclaró la cabeza.

Mi relación con Venezuela es compleja. Soy venezolana porque nací ahí y porque antes de emigrar, mi madre dejó nuestras raíces bien plantadas allá. Padezco del síndrome melancólico del inmigrante: el sufrir y añorar a un lugar cuya realidad ya no conoces.

Yo no crecí en Venezuela, me fui a los 7 años. Nunca he manejado un vehículo allá, no me ubico ni con un mapa, pero cada vez que veo El Ávila se me aguan los ojos y me siento en casa. Mi alma se quedó pegada a la Venezuela que conocí de niña, la de las navidades con parrandas, las playas, el amor de mi familia unida. Es una imagen que mantengo en mi mente, pero que ya no existe. Yo sólo conozco a el país de Venezuela de manera académica. Realicé mi carrera universitaria en Estudios Internacionales, mención Latino América (fue años después que entendí que estudié esto para entender la realidad política de mi país que resultó en mi inmigración). Quería entender por qué Venezuela eligió a Chávez y por qué lo padeció desde 1998 hasta su muerte, quince años después. Seguí con mi maestría en Estudios Latinoamericanos con mención en derechos humanos, para tratar de entender cómo pueden suceder situaciones como la que estamos viviendo en este instante. Después de tanto estudio llegué a la conclusión que Venezuela está enferma y que Chávez fue tan sólo un síntoma. No era difícil imaginarse que la enfermedad podría empeorar hasta llegar a este punto, al borde de una guerra civil. Pero una cosa muy distinta es el leerlo o imaginárselo y otra es vivirlo. Digo "vivirlo" con cierta ambigüedad, ya que desde Miami sólo lo veo en la televisión, por las redes sociales y los mensajes que manda mi hermano Alejandro. Desde mi casa, y con gran impotencia, veo cómo los seres que amo viven esta la realidad venezolana. Como el resto de inmigrantes venezolanos que se encuentran regados en el mundo sufro por que los que amo se exponen una y otra vez al gran peligro que representa el ir a una de las incontables marchas o en algo tan sencillo como ir al mercado.

Lucho conmigo misma y mi identidad de venezolana. Lucho porque no quiero sufrir más por lo que sucede allá. Sería más fácil poder olvidar es país encantado que vive en mi imaginación, pero es difícil desligarse de una idea que en gran parte me define como ser humano y de todos los que quiero que permanecen allá. Así que, aunque esté harta de la realidad de aquel país que en mi corazón sigue siendo mío, siento la necesidad de unir mi voz a las de los cientos de miles de seres humanos que piden por la paz y un cambio radical en Venezuela y rezar para que sea este el momento en que algo cambie.


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